La Gemoterapia, ese poder curativo de las piedras, ya intuido por los humanos desde el amanecer de las civilizaciones.
Desde los más antiguos libros de la India se habla del origen de las gemas y de su benéfica acción.
Si desde milenios atrás se relacionaban las piedras preciosas con la astrología, modernamente se admite que se las puede poner en relación con determinadas flores así como elaborar con ellas elixires útiles para una nueva terapia vibratoria.
Los sotisficados medios técnicos de que actualmente dispone la ciencia, han permitido constatar que lo que hasta hace poco era considerado por algunos como supersticiones, tiene fundamentos reales, existiendo en los minerales aspectos que van más allá de su simple constitución material.
PIEDRAS NOBLES Y PRECIOSAS
Se da el nombre de piedras nobles a las que se emplean especialmente para fabricar pequeños objetos de lujo, tales como fuentes, bandejas, vasos, ceniceros, pomos, etc. Son más o menos estimadas en el mercado según su rareza, tamaño, color, forma y dureza, siendo las principales el cristal de roca, el ágata, la venturina y la malaquita.
El cristal de roca es cuarzo diáfano e incoloro cuando es puro. Los sitios donde más abundan son el monte San Gotardo (Suiza), Madagascar y Brasil.
El Ágata es una piedra de muy vistosos colores y que se forma del cuarzo depositado en las geodas. De sus múltiples variedades, las principales son: Cornalina (roja), crisoprasa (verde), heliotropa o piedra de sangre (verde con manchas rojas), sardónica (de un pardo amarillento con reflejos rojos), calcedonia (blanca), ónice (que ofrece capas concéntricas coloreadas diferentemente), y la variedad opaca, que es el jaspe.
La venturina es una piedra de colores muy vivos, proviniendo su brillo de la mica que contiene. Se encuentran venturinas en Aragón y en Siberia.
La malaquita es un mineral de hermoso color verde. Suele emplearse en recubrir objetos de lujo.
PIEDRAS PRECIOSAS
Se denominan también gemas o piedras finas. Son las que por su mucho precio y hermosura sólo se emplean en joyería. Para que una piedra merezca tal calificación debe ser transparente y de "bella agua" o perfectamente límpida; su color debe ser vivo y franco, sin matices vagos e indecisos; ha de poseer cierto brillo, dar juegos de luz y ser dura al roce y la presión.
Dado el precio de las piedras finas, aun en pequeño volumen, ha sido preciso recurrir a unidades inferiores a un gramo para expresar su peso. En 1905 se adoptó como unidad el quilate métrico, que vales 200 miligramos.
Entre las más importantes figuran la esmeralda, la amatista, el rubí, el zafiro, el topacio y el diamante.
La esmeralda es de color verde muy intenso y hermoso. Una de muy notable está engastada en la tiara pontificia.
La amatista es de color violado y su fama como piedra preciosa es muy grande; a los antiguos les servía de amuleto. Se encuentran algunas amatistas en los montes de Murcia.
El rubí, que es de bellísimo color rojo, ha llegado a cotizarse a más alto precio que el diamante. También se denomina carbunclo o jacinto oriental. De las varias especies que existen, las más apreciadas son el rubí oriental y el rubí espínela que, además de en joyería, se usan en relojes y aparatos de precisión, para cojinetes de ejes.
El zafiro, corindón de hermoso color azul celeste, es una de las gemas que presenta el fenómeno conocido con el nombre de asterismo, esto es, que colocado delante de un foco de luz muy intensa, produce una imagen en forma de estrella. Se encuentra en India, China y Tibet.
El topacio es de color amarillo anaranjado. Abunda en América, singularmente en Brasil y México.
EL DIAMANTE
Es el cuerpo más duro, más brillante y más precioso que ofrece la Naturaleza, el cual sin embargo, no es otra cosa que carbón, si bien en estado puro y cristalizado. Es sumamente frágil y debe tenerse mucho cuidado en que no se caiga ni reciba un golpe.
El diamante posee un brillo extraordinario y característico; es por lo regular, diáfano e incoloro; no obstante, hay algunas especies de colores negro, amarillo verde y rosa. También se da el caso de que diamantes huéspedes presenten otras piedras en su interior.
Los diamantes negros, que son el "bort" o "boart", de estructura radiada, se utilizan solamente para tallar otros diamantes. Los diamantes carbonados y los menos puros se utilizan, por su gran dureza, en las puntas de las herramientas, para cortar el vidrio, perforar las rocas o grabar la piedra.
Los diamantes se encuentran generalmente formados en la roca kimberlita y en aluviones de tipo arcilloso o enquistoso. El yacimiento principal es el de El Cabo. También se encuentran en Siberia.
Para buscar los diamantes se emplea el siguiente procedimiento: en planos inclinados, preparados al efecto, se extienden las tierras; luego, por medio de una corriente de agua, se desprenden las más ligeras y, a mano, se separan los guijarros; en la tierra que queda se buscan los diamantes.
Los diamantes ganan muchísimo cuando se tallan o labran produciendo en ellos facetas artificiales; las formas más conocidas son las de brillante, tabla y rosa.
En el brillante la cara superior está rodeada de facetas oblicuas que constituyen la corona; la parte inferior, más alargada, forma una pirámide de 24 facetas.
En la tabla hay una faceta ancha superior y otra inferior, paralelas ambas, y algunas facetas marginales.
En la rosa, la parte inferior es plana, al paso que la superior consta de 6, 12 o 24 facetas.
Para la talla de diamantes, primero se esbozan, o sea se les quita la capa exterior, frotándolos con otros; luego se les abrillanta y por fin se les pule y bruñe, adquiriendo tanto más brillo cuanto más numerosas son sus facetas.
Los ejemplares que por su pequeñez no pueden ser tallados se pulverizan para obtener polvo de diamante.
El arte de cortar y pulir el diamante fue inventado hacía el año 1456 por Luis de Berquem, natural de Benjas, en Flandes. El arte de grabarlo, de un siglo más tarde, se debe al milanés Clemente Biragua. Durante mucho tiempo el centro principal de la talla de diamantes fue Ámsterdam.
Entre los diamantes más bellos y célebres se encuentran: el "Regent", que perteneció a Luis XV (Museo de Louvre); el "Sancy", que perteneció a Carlos el Temerario; el "Koh-i-Noor (montaña de luz), el "Orlow", regalado a Catalina la Grande; el"Excelsior"; el "Cullinan", descubierto en 1905 cerca de Joanesburgo, que pesaba, ya tallado, 3.035,75 quilates, y que adorna la corona de Inglaterra; y el "Presidente Vargas" (Brasil).
CRISTALES CODICIADOS
La mayor parte de exponentes naturales de belleza son efímeros. Las flores, el mar, el cielo, la juventud... ¿Acaso no son víctimas de una constantes variación que priva a los seres humanos del goza completo? ¿Y no diremos de las artes, sujetas a tantos factores, objetivos y subjetivos...?
Solo las piedras preciosas, esos cristales inmutables como la misma tierra que los ha germinado, son constantes. Solo las piedras preciosas son estables en un presente estático de mágico encanto. Solo ellas, a lo largo de los siglos, son capaces de transmitir un mensaje de belleza, de persona a persona, de civilización a civilización, de mentalidad a mentalidad, y consiguen lo que ningún mortal ha conseguido jamás: prevalecer en el tiempo, llegando a todos, sin distinción de razas, de clases ni de inteligencias...
¿Quién no es capaz de comprender la belleza de los diamantes, del jade o del rubí...? Las piedras preciosas no hablan el lenguaje de la ascética, sino el de la belleza sensible de la Tierra, y en él radica su misterio...
El ser humano siente este mensaje que le transmite la piedra. Intuye, mas que sabe, que la piedra preciosa prevalecerá en la Tierra, a su traspaso, y no puede sustraerse a la fascinación de admirar en ella el futuro, el incierto desconocido, el Más Allá.
Todo un sinfín de historias, no por lo menos raras menos bellas, rodea la existencia de las piedras preciosas. Se las clasifica como fuente de virtudes, de sortilegios y de calamidades. Se las relaciona con los signos del Zodiaco y con los astros. Se les atribuye un "lenguaje", como a las flores. Y, en el fondo de todo esto, hay un profundo respeto, un respeto del ser humano hacía su hermano, el mineral que, con ser materia, es capaz de ofrecerle el espectáculo inaudito de su belleza inmutable.
Si se tiene en cuenta que un mismo mineral puede colorearse indistintamente según impurezas del suelo en que se da, se comprenderán fácilmente las desventajas y dificultades que se presentan ante la necesidad de una clasificación. Atendiendo a la materia, la clasificación es más simple, pudiéndose distinguir: el corindón (óxido de aluminio cristalizado), el berilo, el jacinto, el topacio y el cuarzo (óxido de silicio cristalizado).
El corindón, transparente en su estado puro, adquiere con vestigios de cromo un intenso color rojo, convirtiéndose en una de las piedras preciosas más cotizadas: el rubí. El mismo corindón, con restos de titanio, adopta el azul profundo del zafiro. Estas dos piedras, en unión de la esmeralda, son las gemas más valoradas del mundo.
El diamante, tiene una aceptación que escapa a la de las restantes piedras y una personalidad, en sí mismo tan acusada, que no se le puede clasificar como una gema cualquiera.
El berilo, cristal complejo que se considera el más ligero de los metales, también es blanco en su estado puro. Su variedad más valiosa, conseguida gracias a la coloración verdosa que le presta el cromo, es la esmeralda. El agua-marina, también muy utilizada en joyería, es otra variante de ese cristal, obtenida por partículas de litio que son las que le confieren el color verde-azul brillante. Unas impurezas de hierro prestan al berilo una tonalidad rosada conocida en joyería con el nombre de morgánica. El crisoberilo, más conocido con el nombre de alejandrina, es otro de los berilos, esta vez con un ligero matiz amarillo. Madagascar, las Indias y el Brasil, son los primeros países ricos en berilos, así como en granates y turmalinas, capaces ambas también de los más variados colores.
El jacinto también es blanco, límpido, en estado puro. Una variedad de jacinto muy difundida es la amarillenta que, calentada, se convierte en un azul algo menos transparente del de la agua-marina.
También el topacio es capaz de coloraciones múltiples. El más conocido es el amarillento ambarino, si bien, calentado, adquiere un tono más intenso. Una variedad notable es la que se ha encontrado en tierra rusa, de tono azulado y de gran belleza y transparencia, solo comparable a la de la esmeralda. El topacio es un silicato complejo que contiene un átomo de flúor, capaz de las más raras y misteriosas bellezas.
El cuarzo blanco, diversamente coloreado según impurezas, aporta a la joyería nombres tan cotizados como la amatista (rosada o violeta, según la cantidad de manganeso que lleva consigo), el citrino (con un fuerte color amarillo que le confieren unos vestigios de hierro) y el cristal de roca. Si el cuarzo no ha cristalizado, adquiere unas extraordinarias aguas cuando se hidrata, con tonalidades de color azul-verde-amarillo; esta piedra no es otra que el ópalo, rodeada de las más fantásticas leyendas en torno al fatal desenlace del que se vez dueño de una de ellas.
El origen del color en las piedras preciosas no parece cosa concreta. ¿Acaso una ínfima partícula de cromo no transforma el incoloro berilo en una esmeralda de intenso verdor? ¿Acaso el mismo corindón no puede convertirse en rubí o en zafiro por una impureza de cromo o de titanio?
Pues en lo que respecta al valor, esto es todavía más variado y caprichoso. El cristal de roca, sílice cristalizado, apenas tiene valor alguno. En cambio la mayor parte de sus variantes son altamente estimadas, hasta el punto de que el diamante, a todas luces el más interesante de los productos minerales que produce la tierra, ha sido menos cotizado que la esmeralda, en múltiples ocasiones.
Hemos visto que la mayoría de los cristales, en su estado puro, genuino, son incoloros. La coloración, este adorno que muchas veces es el motivo de su valor, se debe a restos de metal. De ahí la igualdad:
Coloración= Imperfección
También hemos visto como el topacio, el circonio y la misma amatista cambian de color con solo calentarlos, sin que se modificasen las impurezas que los afectaban.
Por lo cual surge una nueva cuentón: ¿Qué es lo que modifica el color de las piedras preciosas, aparte de sus imperfecciones oriundas?
Veamos el caso del rubí. Es evidente que los átomos del cobre son parásitos en el cristal, por lo que, sin relación con los átomos vecinos, ellos siguen libres completamente. Se considera, pues, que es este movimiento que los átomos del cobre tienen dentro del corindón lo que provoca su coloración, más que la materia en sí misma que, como ya es sabido, aunque roja, no tiene el matiz de aquella cotizada piedra.
Al movimiento de los átomos y no a la clase de materia, pues, se debe la coloración. Porque si en el caso del rubí es el cobre la materia que afecta al corindón, y ciertamente el cobre es rojizo, en otros casos la materia no tiene el color que adopta el cristal, debido a su presencia.
Las piedras amarillas son típicamente demostrativas de este fenómeno; cualquier impureza confiere tonalidad amarillenta al topacio. La prueba de que no trata de coloración por causa de la materia en sí misma es que, a más cantidad de impureza no equivale más cantidad de color, ni viceversa. Los topacios son la piedra preciosa que más discusiones ha provocado entre los entendidos, puesto que nunca deben su coloración a la misma materia, que actúa como cuerpo extraño.
Es evidente, así mismo, que calentando ciertos cristales incoloros se les confiere determinada tonalidad, o bien que a ciertas gemas de diversos colores, el calor les devuelve su color original. También estos fenómenos pueden explicarse por la teoría del movimiento de los átomos del parásito ya que, en la nueva estructura, los átomos vibran a una longitud de onda distinta, creando así un nuevo color por absorción de diversas bandas del espectro.
Y, en ciertos casos, los átonos añadidos, esto es, los que pertenecen a la estructura del metal parásito, no son los que afectan con su vibración el colorido de la gema, sino los del propio cristal que, ante la presencia de un cuerpo extraño, adoptan otra estructura. Este caso puede explicar mejor el fenómeno de los topacios y de otras gemas, que adquieren un mismo color, sea cual sea la clase de impureza que lo afecte.
Un antiguo cuento checo explica, con un lenguaje sencillo y humorístico, lo subjetiva que es la valoración humana. El protagonista de la narración, un niño de seis años, presencia la alegría que produce a sus padres la posesión de uno de sus dientecitos. El padre confecciona con el primero de ellos un anillo que regala a la madre. Ésta, a su vez, adorna con el segundo de los dientes del niño, un llavero para obsequiar a su esposo. Y una tía abuela del niño, solicita el tercero para ponerlo en un "pendentif" con gran ceremonia... Cuando al niño le cae otro diente, lo esconde y corre con él al más bien surtido bazar de la ciudad...¡Y allí recibe la gran sorpresa cuando un dependiente le asegura que su diente no tiene valor alguno, y que no puede darle ni el más insignificante juguete por él!
Con las piedras preciosas ocurre algo parecido. Unas veces se valora la "limpieza" de su color, y otras, por el contrario, la "variedad" o la "rareza" del mismo. Un caso ilustrativo de la primera valoración es la de los zafiros, a los cuales una mota de color en el fondo de su transparencia es suficiente para desprestigiarlos. Mientras que, en el caso de los sílices ocurre todo lo contrario, y es gracias a sus manchas, debidas a su deshidratación, que se revalorizan (ópalos).
También la intensidad o la tonalidad del color pueden valorar más o menos la gema. El rubí más cotizado es el denominado "sangre de palomo", que tiene un rojo intensísimo con ligeros matices azulados. El conocido con el nombre de "sangre de buey" tiene un rojo más suave, parecido al de la grosella. Pero tampoco le basta a un rubí, para que sea el más valorizado, tener un rojo intenso o ser de talla grande. El rubí más caro será aquel más difícil de obtener y, por tanto, aquellos que procedan del distrito de Magok, en Birmania, ya que en tales tierras están casi totalmente desaparecidos. Los rubíes de Ceilán, de la China o de la India no se cotizan tanto, por su alta producción.
Una esmeralda adquiere un valor inusitado cuanto mayor es el número de impurezas con que cuenta. Y es que la esmeralda se valora tanto por su belleza y colorido observados a simple vista, como por el aspecto que tiene mirada al microscopio. Mica, carbón, agua, gas carbónico y un sinfín de impurezas más, que solo se distinguen con ayuda de una fuerte lupa, son lo que confieren a la esmeralda el espectáculo de lo que se ha denominado "su jardín", a causa de su aspecto, a menudo ramificado. Los Urales y Colombia son los países que abastecen al mundo de estas gemas; sin embargo las esmeraldas que más caras se pagan son las que proceden del Alto Egipto, la cantera de la antigüedad, hoy prácticamente extinguida.
Siguiendo la inmutable ley universal del valor, el motivo principal de las esmeraldas, en muchas ocasiones superior a los brillantes, no es otro que su escasez. Las más bellas esmeraldas del mundo se encuentran en Sudamérica pero, desgraciadamente se ignora donde. Los incas jamás revelaron a los conquistadores la procedencia de sus gemas. El tesoro que les robó Cortés procedía de una mina situada a 120 kilómetros del actual Bogotá, y es todavía la única que se explota, ya que siguen ignorándose la situación de las demás. La dificultad de su extracción, ya que están muy bien recubiertas de calcio e incrustadas de pegmatita, unido a la certeza de que existen muchas minas aún desconocidas debajo de los pies de los seres humanos, que las pisan sin saberlo, les dan a las esmeraldas un mágico encanto.
Por último el cuarzo, que en su estado neto no tiene valor alguno, deviene muy estimado cuando se colorea por impurezas. La amatista, la citrina, la aventurina y la llamada "cabello de Venus" son cuarzos aceptados en joyería desde hace muchos siglos.
La amatista, tal vez la gema más estimada de los cuarzos tiene un ligero matiz violeta, lamentablemente poco homogéneo. A menudo calentándola se consigue una igualdad casi perfecta, pero este sistema no ofrece seguridad y no son pocas las veces que la amatista no resiste la cocción y pierde bruscamente su color.
La aventurina es un cuarzo de profundo color rojo, por entre el cual se ven brillar unas briznas de mica.
La citrina, a veces confundida con el topacio, no tiene el valor de este, pero sí su colorido y su belleza.
La denominada "cabellos de Venus" es un cuarzo blanco-amarillento que brilla al igual que el oro a causa de unos pequeños cristales de hematita que surcan su superficie.
También coloreado por el manganeso, el cuarzo se convierte en un pariente pobre de las piedras preciosas, de rara belleza, rosado pero no perfectamente traslúcido, lo cual le resta valor, no llegando a ser utilizado por los joyeros pero si por los artistas orientales, quienes efectúan con él las más refinadas esculturas de tipo religioso.
Lo subjetivo de la cotización humana se hace patente ante gran número de piedras que no han alcanzado nunca un valor crematístico superior al del cristal de roca y que, sin embargo poseen una belleza digna de admiración.
¿Por qué una espinela, de rosa transparente, brillante y acariciador, no tiene el valor del zafiro?
¿Por qué el olivino, el granate, la fenacita, el ópalo de fuego y otras tantas, no tienen el valor del rubí, el zafiro o la misma esmeralda?
La respuesta a estas preguntas es que el valor de las piedras preciosas subirá siempre con el deseo y escasez de ellas o descenderá según su abundancia o falta de interés.
¿Qué papel desempeña la Química, frente a las gemas? ¿Puede la ciencia sintetizar piedras preciosas? ¿En este caso, que valor tienen? Cristalizar óxido de aluminio e introducir en él cromo o titanio es perfectamente posible.
Conseguir pues, zafiros y rubíes sintéticos es fácil. Tan fácil que el corindón natural, si no es apreciado en joyería se abandona y se emplea en la industria el sintetizado, puesto que la extracción es ardua y únicamente se justifica si el valor del mineral es el de un rubí o un zafiro. Ello ha sido la causa de la ruina de las explotaciones mineras instaladas por los ingleses en Birmania.
Para relojes, para las agujas de los electrófonos, así como para rayar los metales duros, los rubíes sintéticos han desempeñado un interesante papel. Así mismo, los rubíes sintéticos de gran tamaño, generalmente reservados para ciertas composiciones de bisutería, también han sido utilizados, en forma de barrita, como dispositivo óptico productor de ondas luminosas "coherentes".
No obstante, los zafiros sintéticos nunca llegan a conseguir transparencia y belleza, puesto que la dispersión uniforme del óxido de titanio es prácticamente imposible.
Los más hermosos zafiros sintéticos no alcanzan la elegancia del más burdo de los zafiros de Ceilán.
El rubí, por el contrario, se sintetiza con facilidad y éxito. Un profano encontrará el rubí sintético igualmente hermoso, pero un técnico lo reconocerá enseguida. Únicamente se le observa un rojo menos intenso, menos "cálido", y que las irregularidades se producen en forma de remolinos, mientras que las naturales no siguen ninguna ordenación.
De todos modos, un producto de laboratorio no puede tener el valor de las piedras preciosas naturales, porque carece de todo aquello que puede estimarse en las gemas: rareza, misterio, virtudes, antigüedad, historia...
A través de los siglos, las gemas han compartido la evolución, los sueños y las quimeras de los seres humanos. Esto basta para justificar el indudable influjo que ellas ejercen, a lo cual nunca podrán llegar los productos sintéticos.